lunes, 6 de febrero de 2012

Hábitos y costumbres

Sin intentar sonar como un biologicista, voy a afirmar algo que no es fácil de negar: el hombre es un ser de costumbres y hábitos. ¿Por qué? Porque nuestra mente/cerebro no tiene una capacidad ilimitada para pensar absolutamente todo al mismo tiempo, y lo mismo pasa con nuestra memoria y nuestra atención por ejemplo. Necesitamos que algunas cosas sigan siendo como son (o al menos creemos eso): esperamos que una piedra no deje de ser una piedra, que una persona siga usando el  mismo corte de pelo en general, y que la Tierra siga girando alrededor del Sol. Todo sería algo aleatorio o caótico de ser que todo cambia de manera substancial constantemente, ¿o no?

Obviamente todo cambia de alguna que otra forma, pero en general son cambios accidentales y no esenciales, aunque esos cambios, al ser generalmente estéticos y visibles, son los que más se notan con facilidad, aunque algo de las cosas permanece: su esencia o substancia. No quiero empezar con términos metafísicos y eso, así que voy a hacer planteos más generales y cotidianos.

¿Qué si te despertaras de repente en una habitación que no conocés en otra parte del mundo? ¿Qué pasaría si de repente te mirás al espejo y no te parecés en nada a lo que afirmaste que eras? ¿Qué si de repente el cielo es rojo y las piedras flotan? ¿O si los animales de repente comenzaran a hablar? Esas cosas uno dirá: "pfff, qué locura, las cosas esas no pueden pasar". Quizá no, pero... ¿qué llevó a esa respuesta? ¿la lógica precisamente? Yo creo que no, que fue la espontaneidad de reconocer una realidad constante que sabemos que hace mucho es así y que es imposible que cambie. Ese es un error que cometemos todos.

Las personas muchas veces estamos pendientes de ciertas cosas y otras no, e inclusive tenemos la seguridad o confianza de que ciertas cosas van a seguir siendo y no van a cambiar (o al menos no tanto como nos afecte), y es por eso que tenemos rutinas, hábitos, costumbres e inclusive, una identidad. Así de repente alguien nos parece un desconocido, una cosa pierde su sentido y valor para nosotros, o caemos en desesperación cuando algo que esperamos que pasase no sucedió, sea por esperanza o por la rutina.

Cuando conocemos a una persona en general tendemos, en nuestro concepto sobre ella, a ver aquella constancia en ella, tal como su altura, color de ojos, estado de ánimo, forma de hablar, cosas que le interesan o lugares donde la cruzamos. ¿Por qué de repente si alguien nos hablase en otro idioma o si cruzásemos un profesor en un lugar que frecuentamos nos sorprendería? Por ese prejuicio que tenemos, consecuencia directa de la costumbre.

Otra cosa a destacar es que por la costumbre tendemos a interesarnos en ciertas cosas y no en otras, o le ponemos ganas a algunas y sentimos que otras no valen nuestro esfuerzo, aunque sea mínimo. Ésto quizá suene tonto, pero desde el gusto de nuestra comida hasta cuánto vale tener un techo que nos proteja terminan diluidos en la inconsciencia, y es así que tienen que pasarnos cosas fuertes o inesperadas, como crisis, pérdidas y demás, para recordarnos aquello que tenemos o que tuvimos (creo que "Un cuento de Navidad" de Dickens lo refleja bastante bien).

El problema más grave es cuando dejamos de valorar muchas cosas, entre ellas objetos o personas, porque "nos aburrieron", "la relación se volvió rutina", "estoy harto de siempre lo mismo", "quiero algo nuevo", "me cansa lo mismo". De hecho, como dije en otra entrada mía, todos los días son distintos, pero nuestros hábitos y prejuicios por la costumbre son los responsables de que parezcan siempre iguales. Es más: apuesto a que muchas personas no podrían estar tranquilas si no supieran qué día o número es (aunque es entendible porque tienen obligaciones sociales que cumplir), ni tampoco estarían muy relajadas si no supieran qué hora es, ahí de repente el día es raro y uno se desorienta, ¿o no? Ajáaa: he ahí la experiencia de dejar de lado nuestros esquemas mentales rígidos que por años venimos llevando. Es casi igual a que nos quedemos sin casa y sin identidad: sentimos desconcierto, vacío y/o desorientación.

Dejando de lado ya esa cuestión, hay otra inversa: el aprender a valorar o el exceso de sobrevalorar algo por costumbre. Quien vive solo y anhela la compañía de alguien, va a valorarlo mucho más que quien la tiene siempre, pero también quien está malcriado a tener algo y degustarlo con algún sentido, aunque sea en su imaginación, no va a dejar de aferrarse a eso que posee hace tiempo. Mucha gente entra en pánico cuando no tiene su celular en su bolso o bolsillos, y mucha gente no se atreve a separarse de otra persona por miedo a tener que reestructurar su vida nuevamente o comenzar un nuevo estilo de vida. Con los valores y creencias es igual, y por eso las personas, como también ya dije en otra entrada, son reacias y agresivas para defender aquello que las sostiene como base durante un buen tiempo.

El equilibrio entre valorar, desvalorizar o sobrevalorar no es fácil, porque todos tenemos una vida distinta con necesidades distintas, pero el tema de la costumbre es bastante dañino y nos ciega, puesto que como ya dije, nos hace creer que todo sigue siendo igual. Creo que sin intentar ser el psicólogo o filósofo de nadie, puedo dar mi opinión personal, que es desestructurar lo más que podamos las cosas cotidianas al menos, para luego posiblemente replantearnos muchas cosas, como por ejemplo nuestro estilo de vida o aquellas cosas que nunca conocimos por haraganería o por falta de interés. Quizá un cambio en nuestra vida, como ir por otra calle inclusive, podría cambiarla para siempre. 

De todas formas es aceptable y entendible que las personas siempre se desplieguen dentro de un cierto margen que les da seguridad, porque tememos a lo desconocido y muchas veces no queremos desorganización en nuestra vida, la cual nos agota y nos produce mucha ansiedad. Sin embargo, quiero recordarles a todo que un bebé, existiendo en un mundo nuevo, aprendió a caminar golpeándose, y aprendió que algunas cosas son agrias o amargas probándolas. Ojo, no estoy diciendo que probemos hongos o drogas, ni que tampoco participemos en orgías o asesinatos para "cambiar nuestra vida", sino considerar abrirnos a otras posibilidades, por más que parezcan tontas: probar otra comida, escuchar música diferente, conocer nuevos lugares, reconsiderar cuánto valen aquellas personas que apreciamos y cuánto realmente creemos de verdad en algunas cosas, dejando de lado la postura cómoda de "me funcionó siempre", "no quiero cambiar eso", "no quiero alejarme de eso", "mi vida está bien así, no quiero nada que la cambie". 

Ahora viene la parte clásica de la conclusión: no nos dejemos cegar por la costumbre y el hábito, intentemos vivir cada día como uno totalmente distinto, dejemos de lado las etiquetas como "son las 7:45", "es martes", "es mi papá": veamos a un ser humano que va más allá de un rol social, aprendamos a ver que la Tierra sigue estando estable en un universo gigantesco, y aprendamos a valorar que un minuto son millones de instantes en los cuales tenemos sensación y consciencia de ser. Sé que dudar, desconfiar y cuestionar no es fácil ni divertido ni cómodo, y que también es un conflicto con nosotros mismos, pero creo que muchas veces, realmente vale la pena.

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