sábado, 7 de enero de 2012

La corrupción de la inocencia

Muchas veces creo que la mayoría de las personas se tienden a poner nostálgicas respecto a las cosas de su infancia, y muchas adorarían volver a sentirse como pequeñines aunque sea un día más. Realmente desde que crecemos comenzamos a sufrir (literalmente algunos) cambios inesperados que, por más que nos acostumbremos, nos recuerdan que ya no somos los retoños de alguna vez.


Vamos a hacer algunas diferencias (generales, no exactamente universales):


1) La filosofía de vida: Antes se vivía en la fantasía, rodeado de juguetes (quienes tuvieron la fortuna de tenerlos) y lo único que nos angustiaba era estar solos o que nuestros papás nos abandonaran. Después, al crecer, nos dimos cuenta que la vida tiene muchos dramas más que siempre estuvieron en frente nuestro pero que no podíamos ver, o que al menos estaban ahí pero no eran amenazantes, que van desde cuál es el sentido de la vida, qué es el mundo, quiénes somos o hacia dónde vamos. Algunas personas se tornan angustiosas y a algunos les da todo totalmente igual, llegando al nihilismo o el cinismo. Las personas de repente se tornan vegetarianas, homosexuales, espíritus libres, misántropas y bla bla. Nuestros ojos descubren un mundo inmenso del que nuestro rinconcito seguro era solamente una parte, y descubrimos que no todo es tan fácil como parece, y que a partir de ciertas cosas que sabemos tenemos que hacernos responsables de nuestras acciones.


2) El estilo de vida: Se relaciona directamente con el punto anterior, y es la puesta en práctica de la filosofía de vida. Quienes tuvieron una infancia donde fueron tratados dentro de todo bien y tuvieron su derecho a divertirse y jugar a su manera quizá recordarán que todos hacíamos más o menos lo mismo: levantarnos, comer, ir a la escuela, comer, dormir siesta quizá, jugar con algún vecino, mirar tele, jugar videojuegos y dormir. Todos tomábamos y comíamos más o menos las mismas cosas y teníamos más o menos los mismos horarios. A medida que abandonábamos la niñez repentinamente todos comenzaron a cambiar su forma de vestir, su corte de pelo, sus expresiones al hablar o gesticular y sus maneras de concebir y vivir la vida, es decir, todos tomamos caminos diferentes y otros no tanto. Surgen clanes, personas originales y rebeldes o a veces uno cambia de identidad como cambia de ropa. Excesos y experiencias nuevas que se van probando de tal o cual manera pareciera que nos indicaran qué caminos seguir o qué límites son atravesables o cuáles no. Algunos dejan los videojuegos, otros dejan ciertos juegos o actividades lúdicas para dar lugar a otras cosas no tan inocentes, y muchos comienzan a enfermar o a básicamente degenerar su totalidad como persona (y esto va desde tener una personalidad bastante desagradable como descuidar el cuerpo que tanto mimamos de chiquitos). Acá comienzan los propósitos, sentidos u orientaciones vitales, que van desde vidas patéticas hasta adultos totalmente exitosos que dejan su huella en el mundo.


3) Las relaciones entre personas: Antes los nenes no incluían mucho a las nenas en sus juegos y las nenas les tenían asco a los nenes, nuestros padres eran nuestros ídolos y a los adultos los tratábamos con bastante respeto y hasta temor. Luego repentinamente las personas del sexo opuesto de más o menos la misma edad comienzan a verse de otra forma y hasta comienzan a dudar de la amistad entre el hombre y la mujer, y muchas veces comienzan coqueteos o chistes en doble sentido. Nuestros padres se tornan densos, viejos e insoportables, y a la hora de respetar la autoridad o a otros adultos ajenos al seno familiar vemos si podemos no obedecerles o recalcarles que tenemos fuerza y autonomía de hacer lo que queramos. Ni hablar que comienzan idealizaciones con personas que viven a miles de kilómetros de nosotros y que ni saben que existimos. De hecho, ni ellos existen como los concebimos, y acá incluyo ídolos, amores platónicos o ideales que son de un mundo que está simplemente en nuestra cabeza. Algunos comienzan a manipular, mentir excesivamente, utilizar a las personas o ser soberbios y fanáticos ciegos de ciertas cosas. Es como si nuestra imperfección humana incrementase y tuviera rienda suelta cuando la inocencia no la obstaculiza.


Supongo que muchas personas, independientemente de haber mutado ciertas cosas accidentales, siguen, esencialmente, siendo las mismas, recordando que tienen un niño interior. Inclusive hay personas que son realmente inocentes y que siguen teniendo su mente e intenciones muy claras y no contaminadas con la dosis de la realidad (que pareciera hace que la inocencia decaiga y sea casi insostenible). También puede ser esa la razón por la que los seres débiles o más ingenuos que nosotros nos producen compasión (y acá puede ir desde un cachorrito hasta una persona que se siente abandonada) o el por qué muchas veces envidiamos la capacidad de sonreír y despreocuparse de un grupo de nenitos jugando en una plaza. Algunos nunca tiran sus juguetes o prendas de la infancia, y de hecho varios siguen viendo las mismas series o coleccionando las mismas cosas que hace al menos una década atrás. Quizá, esto explica el por qué añoramos nuestros años de la infancia o por qué nuestros rostros se iluminan al ver, por ejemplo, a un recién nacido o a un infante crecer: son un reflejo de lo que alguna vez fuimos o tuvimos.


Conclusión: ¿Está tu niño interior allí todavía... o decidió crecer?

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