martes, 29 de noviembre de 2011

Mentiras y secretos

Todas las personas tienen secretos, tengan una vida aburrida inclusive, y todas las personas mienten mínimamente con algún gesto.


Algunas cosas, con el simple hecho de que haya un testigo existiendo, nos producirían asco, vergüenza, miedo, ansiedad, angustia. Otras, en cambio, nos permiten aliviarnos, sentirnos comprendidos y/o entrar en confianza con alguien. 


Todos necesitamos eso que llamamos intimidad, eso que ocultamos para la conciencia y sentidos ajenos: usamos prendas para esconder ciertas partes de nuestro cuerpo, disimulamos heridas físicas o anímicas, disimulamos con gestos nuestras aflicciones o experiencias internas, nos esforzamos por destacarnos en ciertas cosas para compensar u ocultar ciertas debilidades. La intimidad, aquello que para cada persona es distinta y que tiene distintos grados dependiendo de la relación que tenga con cada persona.


Algunas personas nunca cuentan nada de ellas, otras lo cuentan todo, otras cuentan cosas muy generales, otras profunda y detalladamente. Pero no todos cuentan lo mismo a todos: hay cosas que preferimos guardarnos para nosotros, otras que confiamos porque sabemos que al otro no le van a afectar (o al menos no lo suficiente y negativamente). 


La aceptación y el rechazo, la condicionalidad e incondicionalidad, sinceridad e hipocresía, confianza y desconfianza son cosas entre las que uno está, son extremos donde uno va y viene, y que en parte está eligiendo siempre cuando se relaciona con los otros. Hay personas que ante cierta información manifiestan repulsión (sea con tristeza o con asco por ejemplo), les da igual (total indiferencia, hasta inclusive se olvidan) o les produce interés y/o atracción (intentando conocer por curiosidad por ejemplo una realidad que se presenta como nueva o diferente)


Las mentiras nos ayudan a resguardarnos, a ayudar a otra persona de alguna situación comprometedora o molesta, pero también sirven para otra cosa: no solamente para negar al otro, sino para negarnos ciertas cosas a nosotros mismos, ya sea de manera útil o inútil, como cuando no queremos saber ciertos pensamientos, acciones o sentimientos de una persona que sabemos que podrían afectarnos.


El misterio, lo ambiguo, lo desconocido, el tabú, la culpa también están constantemente presentes, puesto que nos influyen a la hora de transmitir fielmente o no tanto una supuesta realidad, o al menos aquello que consideramos real. Hay ciertas cosas, por ejemplo, que preferimos no saber, algunas que preferimos no hablar, otras que mejor si dejamos como misterio y otras que nos producen ansiedad al saberlas y/o transmitirlas. De allí que surjan hipótesis sobre otras personas o que estemos escrupulosos ante todo lo que damos a conocer.


Se dice que las personas se conocen cada vez más cuando conocen su lado malo, sus defectos, o también cuando se conoce su hogar, su entorno social cercano o su rutina diaria. Todos reflejos de aquello interior que sin querer plasmamos en el mundo externo, y que no siempre se puede simular o disimular. De hecho se puede modificar la percepción, representación, valoración y significación de un ser humano de manera casi instantánea (y posiblemente permanente) al conocer ciertos aspectos suyos, es un hecho.


Sin embargo las mentiras y los secretos también pueden servir para manipular, dominar, amenazar o herir a la otra persona. Manejos de informaciones, inventar chismes, retorcer, sacar de contexto, revelar ciertas (o supuestas) realidades: también reflejos de cobardía, conveniencia, sadismo, masoquismo, curiosidad o impulsividad.


Todo el mundo miente, y todos tienen su lado nocturno.


Dos frases interesantes de dos genios de la humanidad:


"Pocas amistades quedarían en este mundo si uno supiera lo que su amigo dice de él en ausencia suya, aún cuando sus palabras fueran sinceras y desapasionadas" (B. Pascal)


"Tres pueden guardar un secreto si dos de ellos están muertos" (B. Franklin)



A fin de cuentas: al artista se lo conoce por sus obras, al patético por sus fracasos, al cobarde por estremecerse, y al débil por su sufrimiento, ¿no?

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