miércoles, 12 de octubre de 2011

"No sé de qué hablar, pero quiero hablar/estar con vos igual"

Bueno, partamos de que cualquier persona, sin realizar un análisis científico, puede darse cuenta y aceptar de manera casi instantánea (teniendo además testimonios externos e internos) que el ser humano, por más que tenga una naturaleza imperfecta, es un ser sociable, o al menos no soporta mucho estar solo en una isla sin siquiera hablar consigo mismo, y me jugaría un brazo por mi afirmación de hecho.

Charlas, el comunicarse con otro, ¿cuántas hemos tenido y de cuántas maneras hemos y habremos de tener en nuestra vida?  Respecto a cuántas: calculo que unas tantas, y respecto a maneras: varias.

Una charla puede durar desde un simple minuto hasta unas cuantas horas. Ahora, ¿qué sucede durante una? Bueno, para esta pregunta tengo esta respuesta: depende con quién y qué charla tengamos.

Están esas charlas que nos dan dolores de estómago de ya esperarlas, también están esas que nos hacen reír a carcajadas (y en las cuales no hay un dramático fin a alcanzar) o esas que nos ayudan a conocer al otro tanto como para detestarlo o que nos caiga de diez puntos.

También puedo nombrar esas charlas que son para conocer al otro, para abrirnos a ese rico mundo lleno de texturas y colores que el otro podría llegar a transmitirnos a través de una secuencia de movimientos laríngeos acompañados de otros movimientos musculares como muecas, brazos sacudiéndose, un parpadeo nervioso o hasta un dedo dibujando figuras imaginarias en el aire, creando esquemas para explicar o transmitir, por ejemplo, una que otra idea.

Me sorprende y admiro esa capacidad que tiene este ser tan curioso que es el humano de poder inspirar a otro ser humano confianza, escucha, admiración, contención, ánimos y esperanzas con unas simples palabras o con la simple compañía, todo con un par de miradas y haciendo uso de nuestro oído y un poquitín de nuestro cerebro...

Vamos a ejemplos cotidianos:

Ejemplo 1: uno quiere juntarse con amigos no precisamente a charlar, sino a simplemente "dar vueltas", "estar nomás", "se verá en el momento qué se hace". Bien... ¿qué pasa acá? Simple: una persona no busca charlar con la otra, busca simplemente estar, hallar alivio y compañía al tener al lado o en frente por ejemplo, a esa existencia que nos agrada y que sabemos que en cualquier momento puede tener un gesto noble, dulce, tierno o gracioso con nosotros en cualquier instante, y que nos puede alegrar una mañana, un mediodía, una tarde, una noche.

Ejemplo 2: le solicitan a uno ayuda, contención o consejo para ciertos asuntos: ¿acá qué se busca? Quizá no la persona en sí, sino su capacidad de pensar y analizar las cosas, o su sabiduría y prudencia que buscamos que nos transmita o que nos enseñe a hallarla en nosotros mismos. Generalmente, cuando hallamos eso, la charla terminó y nos retiramos, y allí la comunicación se corta.

Ejemplo 3: estamos viajando y no conocemos a nadie, pero el de al lado parece aburrido y nos animamos a comentarle alguna banalidad como el estado del tiempo o preguntarle el por qué o para qué está en nuestro mismo entorno de manera temporal. Estas charlas son charlas pasajeras, ordinarias, espontáneas, intrascendentes, donde básicamente, si se me permite el término, "usamos" al otro como medio para llegar a nuestro verdadero fin: el estar entretenidos o esquivar y/o reducir el aburrimiento o la ansiedad de estar solos.

Ejemplo 4: Éste es el más curioso: es cuando charlamos con alguien para interactuar con él, para conocerlo, para estar conscientes de sus movimientos, sus orientaciones, su vida, su rutina, miedos, ansiedades, sueños, que en el fondo, sin saberlo, podríamos estar compartiendo. Quizá dos posibles resultados de estos encuentros sean el no volver a ver a la persona pero al menos llevándonos un poco de su existencia dentro nuestro (si el recuerdo es digno y relevante como para ser recordado), o también entablar un vínculo con alguien, conectarnos, sea de la manera que sea.

Otra cosa que he notado, es que las personas muchas veces son de atreverse a usar ciertos gestos o palabras, o de proponer ciertos temas con personas específicas y no con otras, ¿para proteger su miedo de algún intruso externo quizá? Esto se ve en gente que con dos o tres palabras da placer de tenerla cerca, y también en que un nerd de una charla de tres horas al estilo conferencia o monólogo y no mueva ni un pelo a uno. 

Además de esto, muchas no distinguen algo: el silencio. Aquello que incomoda, que hace que uno abra torpemente la boca a veces y que nos hace decir un comentario aleatorio o sin sentido para cubrirlo y evitarlo. ¿Qué sucede? El silencio produce muchas veces ansiedad y suposiciones sobre el otro, como que lo estamos aburriendo, hartando, o que no estamos haciendo digna o útil nuestra presencia o charla. ¿El error en esta presunción vanidosa?: que uno puede hablar horas y horas, y como ya dije, no mover un pelo.

Como último "factor" distingo el contenido de la charla y el significado (¿consensuado?) que se le de: dos personas amantes del rock pueden hablar de sus solos favoritos, pero si una está desinteresada pierde total propósito. Ni hablar de alguien que tenga opiniones contrarias que nos irritan, que nos dan igual, o alguien que nos es irrelevante en nuestra vida. Por eso mi afirmación del principio: "depende con quién y qué charla tengamos".

¿Charlas? Quizá nos esperen unas cuantas, pero... ¿nos irán a mover un pelo? A interactuar con los demás para comprobarlo, ¿no? 


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